"Sacar oro del estiércol de Ennio"

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Un saludo cordial a la Comunidad Literatos y a todos los que andan por Hive enamorados de la literatura, que no son pocos, por suerte.

Hace unos días, revolviendo papeles viejos, me topé con un cuaderno que no abría desde hacía años. Adentro había poemas míos de los dieciocho o veinte años. Los leí de pie, con una mezcla de vergüenza y ternura por el reencuentro con el joven poeta que fui. Y en medio de todo aquel desastre, dos o tres versos aguantaban. No eran buenos del todo, pero tenían potencial, digo yo, con autoindulgencia. Estaban vivos. Recordé una frase que le atribuyen a Virgilio y que siempre me ha parecido muy honesto de su parte, que 'él sacaba oro del estiércol de Ennio'.

Lo decía en serio y con cariño. Quinto Ennio había muerto más de un siglo antes de que Virgilio escribiera la Eneida, y era el padre de la épica latina, el primero que se atrevió a contar Roma en hexámetros griegos. Sus Anales eran rudimentarios, a veces torpes, llenos de ruido y de arcaísmo. Pero ahí estaba el metro, ahí estaba la ambición de una epopeya nacional, ahí estaban escenas que luego Virgilio retomaría casi línea por línea digamos que el bosque talado para la pira funeraria en el libro VI, el fantasma de Héctor, el elogio de Fabio Máximo el Contemporizador. Virgilio no disimuló nunca esa deuda. La exhibió. La convirtió en programa.

Yo aprendí algo parecido en los talleres literarios de Santiago de Cuba, aunque entonces no lo sabía con ese nombre. Nos reuníamos en el Museo Casa Natal de José María Heredia, el cantor del Niágara, el que escribió el Himno del desterrado, el romántico que nació en esta misma ciudad a comienzos del siglo XIX y que se fue muriendo lejos, como tantos. No sé si los muchachos que llegábamos allí con nuestros manuscritos lo pensábamos mucho, pero estábamos escribiendo en la casa de un poeta que era, para nosotros, un predecesor enorme y un poco incómodo. Las sillas duras del salón tenían de fondo la sombra de aquel hombre que a los veinte años ya había escrito el Niágara.

Y lo que traíamos era, casi siempre, un estiércol espléndido. Había poemas sobre el mar que no se sostenían, cuentos con tres finales, prosas que querían ser Cortázar y terminaban siendo un trabalenguas. Pero en el fondo de todo eso, con paciencia de buscador de oro, aparecía una imagen que nadie más había visto, un giro que sonaba a dueño, una frase que se quedaba dando vueltas. El coordinador, con su talento, tenía un olfato especial para eso. No corregía tanto lo malo, antes bien señalaba lo bueno. Nos enseñaba a extraer.

Con los años he entendido que ahí se juega una de las diferencias más delicadas del oficio. La influencia es lo que Virgilio hizo con Ennio: tomar la materia ajena, digerirla, ponerla al servicio de una arquitectura que ya no le pertenece al predecesor. Lo que solemos llamar 'refrito' es otra cosa. El 'refrito' se queda en la superficie, copia la cadencia, el efecto, el modo, sin preguntarse por qué aquello puede funcionar. Se reconoce porque suena bien y no dice nada, porque imita al maestro en lo que el maestro tenía de visible y no en lo que tenía de necesario. Por su parte el plagio es el refrito sin vergüenza, el que se apropia de la línea entera y firma abajo. En los talleres los tres circulan, y el más difícil de detectar es el 'refrito', sobre todo cuando lo escribimos nosotros, porque se nos aparece disfrazado de homenaje.

El cuaderno juvenil puede ser mi estimado Ennio. Ser el testimonio de una etapa inmadura que, sin embargo, contenía el vestigio de lo que después he intentado hacer. Y también son Ennio los compañeros de taller cuyos textos corregimos juntos, y los que me corrigieron a mí: estiércol compartido, oro compartido, en el calor de una ciudad que siempre ha creído en sus escritores más de lo que ellos mismos se atreven.

La frase de Virgilio no fue desprecio. Es el reconocimiento de que nadie empieza limpiamente, de que todo escritor tiene un Ennio al que debe saquear con respeto, y de que, andando el tiempo, uno termina siendo el Ennio de alguien. Siempre que haya, del otro lado, quien sepa encontrar el oro.





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Me pareció muy buen ensayo autorreflexivo acerca del inicio en la creación literaria y sus realidades. La referencia a Virgilio y el relato de sus experiencias en los talleres literarios los aprecié mucho. Gracias, poeta @psicologopoeta.

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Estimado amigo @josemalavem, muchísimas gracias por su lectura tan generosa y por su comentario. Viniendo de un amigo intelectual y escritor como usted, valoro doblemente que apreciara el ensayo, en especial la referencia a Virgilio, y mis experiencias en los talleres literarios. Un abrazo cordial de poeta a poeta.

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